CAMPAMENTOS

     “El Señor habla; entrad en vuestra cámara, y en silencio comunicaos con vuestro propio corazón; escuchad la voz de la verdad y la conciencia. Nada dará tan claros vistazos del yo como la oración en secreto. Aquél que ve en secreto y conoce todas las cosas, iluminará vuestro entendimiento y contestará vuestras peticiones. Los deberes claros y sencillos que no deben descuidarse os serán presentados. Haced un pacto con Dios para rendiros con todas vuestras facultades para realizar Su servicio. No llevéis este trabajo al campestre sin primero haberlo realizado en casa. Si no es hecho en casa, vuestra propia alma sufrirá, y otros serán muy perjudicados por vuestra frialdad, vuestro estupor, y vuestro letargo espiritual.
     “Las palabras del profeta Ezequiel son aplicables al pueblo que profesa la verdad para este tiempo: “"Hijo de Adán, estos hombres han puesto ídolos en su corazón, y malvados tropiezos ante sí. ¿Acaso dejaré que me consulten? Por tanto, diles: Así dice el Señor, el Eterno: Todo israelita que haya puesto ídolos en su corazón, y colocado tropiezos malvados ante sí, y venga al profeta, yo, el Eterno, le responderé según la multitud de sus ídolos.”---(Ezequiel 4:3-4).
     “Si amamos las cosas del mundo y encontramos placer en injusticia, o compañerismo con las infructuosas obras de las tinieblas, hemos puesto la piedra de tropiezo de nuestra iniquidad delante de nuestro rosto, y hemos establecido ídolos en nuestro corazón. Y a menos que mediante un esfuerzo enérgico las eliminemos, nunca seremos reconocidos como los hijos e hijas de Dios. Aquí hay un trabajo en el cual las familias se ocupen antes de atender nuestras santas convocaciones. Ocupe un asunto secundario la preparación de alimentos y el vestido, pero comience en casa el escudriñamiento del corazón. Orad tres veces al día, y como Jacob sed como si fuerais molestosos. En casa se encuentra el lugar para encontrar a Jesús; entonces de allí, llevadlo a la reunión, y ¡cuán preciosas serán las horas gastadas allí! Pero ¿como esperáis sentir la presencia del Señor y ver su poder demostrado, cuando se descuida el trabajo individual de preparación para ese tiempo?
     “Por amor a vosotros mismos, y por amor a Cristo, y por amor a otros, realized esa tarea en casa. Orad como no habéis acostumbrado. Quebrántese el corazón delante de Dios. Poned vuestra casa en orden. Preparad a vuestros hijos para la ocasión. Enseñadles que no es de tanta importancia que se presenten con ropa fina en lugar de presentarse delante de Dios con manos limpias y corazón puro. Elimínese todo obstáculo que hubiera estado en su camino, todas las diferencias que pudieran haber existido entre ellos, o entre ustedes y ellos. Si se hace eso invitaréis la presencia del Señor en vuestros hogares, y los santos ángeles os atenderán mientras os encamináis hacia la reunión; y su luz y presencia ahuyentarán la presencia de malos ángeles. Aún los incrédulos sentirán la santa atmósfera cuando entran al campamento. ¡Oh cuánto se pierde mediante el descuido de esta importante obra!
     Podréis quedar contentos con la predicación, animados y reavivados, pero el poder convertidor y reformador de Dios no será sentido en el corazón, y el trabajo no será tan profundo, cabal, y duradero como debiera ser. Sea crucificado el orgullo, y el alma vestida del valiosísimo manto de la justicia de Cristo, y ¡qué reunión disfrutaréis! Será para vuestra alma como el portal del cielo. El mismo trabajo de humillación y escudriñamiento propio también debiera hacerse en la iglesia, para que todas las diferencias y enajenamientos entre los hermanos sean puestos de lado antes de presentarse ante el Señor en estas reuniones anuales. Propónganse realizar este trabajo con seriedad, y no descanséis hasta que se logre; pues si venís a la reunión con vuestras dudas, vuestras murmuraciones, vuestros altercados, traéis malos ángeles al campamento, y cargáis tinieblas dondequiera que vayáis. Por ser descuidada esta preparación, estas reuniones anuales han logrado poco. Los ministros raras veces se encuentran preparados para trabajar por Dios. Existen muchos oradores—que pueden decir cosas agudas e hirientes, yéndose más allá para azotar otras Iglesias y ridiculizar su fe, pero son pocos los oberos serios. Estos oradores afilados y autoimportantes, profesan tener la verdad en avance de todo otro pueblo, pero su manera de trabajar, y su celo religoso en manera alguna corresponde a su profesión de fe.
     “Miré en busca de humildad de corazón que siempre debiera sentarse como vestidura adecuada sobre nuestros ministros, pero no estaba sobre ellos. Busqué el profundo amor por las almas que el Maestro dijo que debieran poseer, pero ellos no la tenían. Escuché para oír oraciones serias con lágrimas y angustia del alma debido a los impenitentes e incrédulos de sus propios hogares, y en la iglesia, pero no las oí. Procuré escuchar las apelaciones hechas en demostración del Espíritu, pero estas faltaban. Busqué a quienes llevaban cargas, que en tal hora como ésta, debieran estar clamando entre la puerta y el altar, diciendo, ‘Salva a tu pueblo, Señor, y no entreguéis a tu herencia al reproche; pero no escuché tales súplicas. Unos pocos sinceros y humildes estaban buscando al Señor. En algunas de estas reunioens uno o dos ministros sintieron la carga, y se sentían cargados como la carreta bajo las gavillas. Pero una gran mayoría de los ministros no tenían más sentido de lo sagrado de su trabajo que la que tienen los niños.
     “Estas reuniones anuales debieran ser reuniones de sincera labor. Los ministros debieran procurar una seria preparación antes de abordar el trabajo de ayudar a otros, pues el pueblo se encuentra mucho más avanzado que muchos de los ministros. Ellos debieran luchar incansablemente en oración hasta que el Señor los bendiga. Cuando el amor de Dios está encendido en el altar de sus corazones, ellos no predicarán para exhibir su propia elegancia, sino para presentar a Cristo quien quita los pecados del mundo.
     “En la iglesia primitiva, se enseñaba el cristianismo en su pureza; sus preceptos eran dados mediante la voz de Inspiración; sus ordenanzas no eran corrompidas por ingenios humanos. La iglesia revelaba el espíritu de Cristo, y se presentaba hermosa en su sencillez. Su adorno eran los principios santos y vidas ejemplares de sus miembros. Las multitudes eran ganadas para Cristo, no mediante despliegue o erudición, sino mediante el poder de Dios que atendía la clara predicación de Su Palabra. Pero la iglesia se corrompió. Y ahora existe mayor necesidad que nunca que los ministros sean canales de luz. Existen muchos ligeros habladores de la verdad bíblica, cuyas almas se encuentran tan estériles del Espíritu de Dios como fueron las lomas de Gilboa de lluvia y rocío. Pero lo que necesitamos es hombres que estén cabalmente convertidos, y pueden enseñar a otros cómo entregar sus corazones a Dios. El poder de la piedad casi ha dejado de existir en nuestras iglesias. Y ¿a qué se debe esto? El Señor aún espera para ser clemente; él no ha cerrado las ventanas del Cielo. Nosotros nos hemos separado de Él. Necesitamos fijar la vista de la fe sobre la cruz, y creer que Jesús es nuestra fortaleza, nuestra salvación.
     “Así como vemos tan poca carga del trabajo sobre los ministros y el pueblo,  preguntamos, Cuando venga el Señor, ¿hallará fe en la tierra? Lo que falta es la fe. Dios poseer abundancia de gracia y poder que espera nuestra demanda. Pero el motivo por el cual no sentimos nuestra gran necesidad es porque nos vemos a nosotros mismos en vez de mirar a Jesús. No exaltamos a Jesús y dependemos de Sus méritos.
     “Cómo desearía inculcar en los ministros y el pueblo la necesidad de un trabajo más profundo de gracia en el corazón, y una preparación más cabal para entrar en el espíritu y labor de nuestros campestres, para que se reciba el mayor beneficio posible de la reunión. Estas reuniones anuales pueden ser temporadas de especial bendición, o pueden ser un gran perjuicio para la espiritualidad. ¿Qué serán para tí, querido lector? Cabe a cada cual decidir por sí mismo.
 Elena G. de White / Review and Herald, August 15, 1882.